Como la mayoría de los ciprínidos pequeños, los barbos son capaces de desovar en un acuario comunitario sin condiciones especiales. Sin embargo, no muestran cuidado parental y pueden comerse a su propia descendencia. Aunque algunos alevines logren sobrevivir y llegar a adultos sin intervención del acuarista, su número puede aumentarse notablemente organizando la freza en un tanque aparte. El acuario de cría es un recipiente pequeño de 30–40 litros, lleno con agua del acuario principal. Los requisitos de equipamiento se limitan a un sencillo filtro de esponja y un calentador. La iluminación no es obligatoria: suele bastar la luz natural de la habitación. Para la decoración pueden usarse plantas de sombra, helechos acuáticos y musgos. Debe prestarse especial atención al sustrato: conviene que esté formado por bolas de aproximadamente 1 cm de diámetro o por grava corriente cubierta con una malla fina. Cuando los huevos ruedan al espacio entre las bolas o caen bajo la malla, quedan fuera del alcance de los padres, lo que los protege de forma fiable. La freza en cautividad no está ligada a una estación concreta. Es importante observar con atención a los peces: si nota que algunos ejemplares se han redondeado de forma perceptible, es señal de descendencia próxima. La hembra y el macho elegido —normalmente el más grande y vistoso— se trasladan al acuario de cría, donde la puesta debería producirse pronto. Si el proceso se alarga, no olvide alimentar a los peces y retirar a tiempo sus desechos y los restos de comida. Los alevines eclosionan en 24–36 horas, pero no empiezan a nadar libremente hasta el tercer o cuarto día. A partir de ese momento debe iniciarse la alimentación con microalimentos especializados, disponibles en la mayoría de las tiendas de mascotas.