Los peces caimán no son peces para un acuario doméstico: las fuentes autorizadas los describen como aptos únicamente para instalaciones públicas de gran tamaño. Los juveniles de hasta 25 cm pueden mantenerse temporalmente, entre seis y doce meses, en un tanque de 250–400 litros, pero crecen deprisa: algunas especies ganan de 25 a 30 cm en su primer año. Un pez caimán moteado adulto, el más «acuariófilo» de la familia, necesita un mínimo de 1300–1500 litros y, de forma realista, entre 2000 y 4000. La dimensión decisiva no es la altura, sino la anchura y la longitud: las escamas ganoideas vuelven el cuerpo rígido, de modo que el pez necesita espacio para girar. El acuario debe medir al menos 180–250 cm de largo y de 60 a 90 cm de ancho. Las especies del género Lepisosteus proceden de la Norteamérica templada y en la naturaleza prefieren entre 12 y 20 °C; en cautividad se mantienen normalmente a temperatura ambiente y sin calentador, mientras que los Atractosteus tropicales requieren de 18 a 24 °C. Aceptan un amplio rango de parámetros del agua y varias especies toleran además condiciones salobres. Es imprescindible una tapa pesada y bien ajustada, porque estos peces saltan, pero debe dejarse una cámara de aire entre la tapa y el agua: su vejiga natatoria funciona como un pulmón primitivo y, sin acceso a la superficie, el pez se ahogará incluso en un agua perfectamente oxigenada. La corriente debe ser suave y la iluminación tenue, con una filtración potente, preferiblemente mediante sumidero. El aspecto legal también cuenta: en muchos estados de EE. UU., entre ellos California y Washington, su tenencia está prohibida o exige permiso, y existen restricciones equivalentes en otros países, así que conviene consultar la legislación local antes de comprarlos. La cría en acuario prácticamente no se practica: los alevines se capturan en la naturaleza o se crían en granjas especializadas. Las huevas merecen mención aparte: son tóxicas para todos los vertebrados excepto los peces, incluido el ser humano.